Bueno acá va otro cuento de mi autoría, espero que les guste. ¡Disfruten!
Desde chico tuve problemas para relacionarme con las demás personas. Ya en el jardín de infantes presentaba estos síntomas que algunos podrían considerar patológicos, por ejemplo mientras todos jugaban, yo dormía la siesta. No lo hacía por llevarle la contra a mi profesora ni nada que se le parezca sino que no le veía el sentido a hacer algo que yo no quería en el momento que a mi profesora le pareciera.
Una vez ya dentro de la primaria mi comportamiento para con los demás cambió y se atenuó un poco mi aislamiento social, si puede llamársele así. Logré hacerme un grupo de amigos, compuesto por personas consideradas “raras” como yo, con el cual logré desarrollar mis habilidades sociales. Pese a pertenecer a un grupo al cual la gente miraba no con admiración sino como si estuviese observando a una nueva especie en el zoológico, logré destacarme entre ellos y fuera de este grupo. No conforme con mi desarrollado histrionismo, busqué diversas maneras de llamar la atención. A medida que pasaba el tiempo mi retórica mejoraba a pasos agigantados y podía envolver a cualquier persona en un relato, sin que él se diese cuenta de quién o qué estaba hablando, a menudo jugando con los artículos u obviando información. Por ejemplo, una vez con mis compañeros hicimos una especie de juego a ver quien podía contarle la historia más descabellada a una chica y que ella por lo menos se quedase con la duda de si era una historia verídica o el hábil invento de una mente juvenil. Está de más decir que el ganador de dicho juego era siempre yo, logrando a la larga el abandono del mismo por mis compañeros ya que ellos compañeros blandían la excusa de que no podían mentir de manera tan descarada como yo. Igualmente déjenme decirles que yo no mentía, no, ni lo más cercano; solo jugaba con el uso del lenguaje de una manera tan hábil que era imposible distinguir. Déjenme que les de un ejemplo. Un día volví a mi casa y le dije lo siguiente a mi madre:






