Abr
29th

El Corazón helado de Rosario

Archivado bajo Cuentos, Cuentos de otros autores | Publicado por eldemente

Bueno gente, tanto tiempo verdad?? Bueno esta vez voy a subir un cuento aportado por Javier R. Comollo. Este cuento está ambientado, como se habrán dado cuenta, en Rosario, y nos relata la “aventura” de un hombre en dicha ciudad. Pero como no me pagan por ser narrador, voy a dejar que lo lean por ustedes ¡Disfruten!

Para ser franco, tengo que empezar por reconocer que aquel Junio no me encontraba en mi mejor momento. En pos de la nada, caminaba por las calles de Rosario. Unos días, era la Avenida Pellegrini, con sus edificios en hilera, y otros, más clementes, por el Boulevard Oroño, allí podía sentarme bajo las flacas palmeras que habían plantado en reemplazo de las gordas y viejas que estuvieron desde siempre. Es la calle más linda de la ciudad. Me recuerdo parado en la acera, boquiabierto ante la suntuosidad de las viejas casonas y mansiones, preguntándome quienes eran los dueños de aquellas hermosas construcciones.

Fue aquel frío Junio, cuando empecé a mirar los anuncios clasificados, en su versión más rudimentaria del diario La Capital, o en la enormemente más versátil, y casi inmanejable, que se ofrecía en internet. En ningún momento llegué a considerar seriamente anunciarme, porque me desanimaba el trabajo de tener que imaginar un texto, que pudiera llamar la atención de alguien, en la espesura de tentaciones más o menos ingeniosas que atestaban las páginas impresas o el éter electrónico. Pero sí, recorrí los señuelos que habían puesto otros. Casi todos eran rutinarios: «Abogada, morocha, atractiva, amante del espacio abierto, busca profesional, no fumador; soy tímida al principio, pero esperá a que se rompa el hielo.» Los hábitos respecto del tabaco eran motivo recurrente, en una ciudad, donde se ve a la gente fumando y muerta de frío, en la puerta de los bares y restaurantes. Posiblemente no hubiera probado nunca, de no ser porque, una noche, mientras navegaba por ese océano sin agua que es internet, leí algo que no era, para variar, escandaloso o insípido: «Bonita, genéticamente miserable, 26, muy femenina, disfruto con una charla inteligente y también con un rato divertido; me gusta la poesía y los cafés.»
Por supuesto, al pie del anuncio venía la dirección del correo electrónico donde se podía entrar en contacto con ella, y en la que exigía, en caso de hacerlo, que se remitiese una fotografía reciente. Tomé nota de su mail y estuve durante algún tiempo pensando sobre qué podía enviarle junto a mi fotografía, si es que cabía enviar algo que compensase eso. Al final decidí redactar un breve mensaje. Como identificación poética, lo cerré con un par de versos del Grito hacia Roma de Federico García Lorca:

…hasta que las ciudades tiemblen como niñas,

y rompan las prisiones del aceite y de la música.

Al día siguiente, al encender mi computadora, encontré un mensaje:

“Niña temblorosa dispuesta a romper las prisiones del aceite y de la música, sean las que sean. Buscáme en un rincón de esta ciudad: la plaza San Martín, este viernes a las seis. Voy a llevar una bufanda roja (si no puedo comprarla, voy a tener que tejerla) Mi nombre es Adriana.”

Conseguí el asesoramiento de mi amigo Raúl, para reservar un sitio donde cenar y otro para tomar café más tarde, aunque la cita no abarcaba explícitamente esos dos puntos. Raúl era un experto acreditado en la elección de este tipo de lugares, y forzado a sacar de la galera algo que estuviera a la altura de la ocasión y que no desmereciera de su bien ganado prestigio, propuso cautelosamente: - Para cenar podría ser Alma, muy buena comida y luz escasa. Lo malo es que tenés una posibilidad entre ocho de que te dejen entrar, aunque reserves. Para el café, te diría que el Limbo sería perfecto, es de trampa, supongo que es el apropiado. Acepté el riesgo e hice la reserva.
El viernes, veinte minutos antes de la hora indicada, estaba parado, frente a la plaza con la conveniente clandestinidad. Ella llegó menos diez. Era una chica muy bien formada, de cabello rojizo y andar felino. Está muy buena – pensé – es demasiado para mí. Se apoyó en un semáforo y se quedó casi inmóvil los diez minutos, mirando al frente. No había nada que me disuadiera de seguir adelante, así que a las seis en punto crucé y me acerqué hasta ella:

-¿Adriana? - pregunté, porque por algo había que empezar.
-¿Vos qué dirías? - contestó ella, sonriendo y mostrándome la bufanda. Sus ojos eran de color verde claro y sus pupilas los inundaron mientras yo escudriñaba su fondo.
-¿Tuviste que tejerla, al final?
-No. No hay casi nada que no pueda conseguirse en el Shopping del Siglo. Por cierto, tengo algo que comprar. ¿Te importa acompañarme, hasta ahí? Ella sabía que no podía importarme. Por el camino, me hizo la primera pregunta:
-¿Dónde vivís?
- Cerca del Parque Independencia
-¿Y vos? – le pregunté yo
- Cerca del río – me contestó, riéndose
- Claro, en la Florida - supuse
- Podría ser por el Saladillo, o eso no es cerca del río
- Claro, ¿tendría que haber sido más específico yo, no?
- No tiene importancia. ¿Y qué haces de tu vida?
- Nada, en realidad, no hago nada.
- Ah, eso está muy bien. Al fin uno que se dio cuenta - aprobó, risueña.

El centro estaba lleno de gente. Entramos al shopping. También había muchísima gente, casi todos adolescentes, Adriana se abrió paso con resolución hasta las escaleras mecánicas y subimos a la planta alta. Entramos en un negocio de lencería. Una vez allí, me señaló un sofá bastante cómodo. Se hizo con un ejemplar de la revista Cosmopolitan que alguien había dejado sobre el mostrador y poniéndomelo entre las manos, prometió: - No vas a tener que leerla entera.
Estuve más de un cuarto de hora, durante el que no desperté la más mínima atención en ninguna de las empleadas, pese a lo extraña que pudiera resultar la presencia de un hombre leyendo, en medio de un bosque, repleto de corpiños y bombachas. Adriana, volvió con una bolsita. De su cara no se iba aquella especie de alegría apacible, con la que me enseñó su adquisición, un conjunto muy pequeño, blanco, de diseño impúdico, casi erótico.

- Cien pesos, y dura hasta que te cansás de usarlo - lo elogió. Mientras lo extendía no pude dejar de calcular el talle, comparando la prenda y su destino. Ella lo notó y lo guardó en seguida: -Bueno, esto no estaba en el programa. Vamos a tomar algo.

Dejé que ella escogiera el sitio y me llevó al bar del Plaza Real, en la calle Santa Fe. Cada mesa era distinta de las demás, aquellos detalles ponían de manifiesto que el decorador había sido caro. Lo único que quedaba libre, era una especie de mesa de juntas de negocio, al lado de la entrada. Aunque era desproporcionada para los dos, allí nos acomodamos. En seguida acudió una de las mozas. Todas eran sinuosas. Adriana pidió un cortado en jarra y cuando la moza se fue, me dijo:

- Fíjáte que ninguna lleva nada debajo de la blusa. Creo que las despiden si se lo ponen.

La observación era inocente, nada que pudiera creerse parte de la misma estrategia que la expedición a comprar ropa interior. Y también era certera, bajo los tejidos ligeros de las blusas se advertían, sin obstáculos las formas, a veces demasiado alborotadas, y en todo caso seleccionadas, con un evidente propósito. Adriana, retomó la conversación:

- ¿Y vos, por qué respondes a los anuncios? – pregunto curiosa.
- No respondo a los anuncios. Respondí al tuyo.
- No pretenderás que crea que es la primera vez.
- Bueno,…sí. Es la primera vez
- ¿Y por qué el mío?
- «Genéticamente miserable».
- Sí, eso choca, ¿verdad? Pero hace falta una predisposición, leas lo que leas. Si no, te reís y lo pasas de largo. Quiero saber por qué tenés esa predisposición.

Adriana era directa, tajante. Supuse que debía contestarle algo:

- No estoy en mi mejor momento, me echaron del trabajo, me siento algo solo, si no respondo ahora a un anuncio, no voy a responder nunca. Aunque también tengo que confesar que he leído muchos, sin que se me pasara por la cabeza la idea. ¿Y vos? ¿Por qué ponés anuncios?
- Ésa es una buena pregunta, pero la esperaba. Tengo una teoría - afirmó, con mucha solemnidad. - ¿Te interesa conocerla?
- Claro, desde luego.
-Mi teoría es que las mujeres tienen tres edades – dijo - Una hasta los quince, otra hasta los treinta y cinco y otra en adelante. Y para cada una de las tres edades hay un papel que representar. Hasta los quince hay que ser angelical. Desde los quince hasta los treinta y cinco hay que pasarla bien. Desde los treinta y cinco en adelante hay que ser quieta y maternal.
-¿Y eso por qué?
-Es muy simple. Probá en pensar en lo contrario. Pensá en las niñas que conociste en tu infancia. Pensá en las mojigatas que están en la segunda fase. Y, ah, horror, pensá en las cuarentonas que andan por ahí portándose como golfas, o en las sesentonas que ya no pueden hacer nada, aunque se empeñen. Linda forma de arruinarse la vida.
- A veces, la vida se arruina sola - dije.
- Típico razonamiento equivocado. La vida, se puede arreglar, y es necesario acomodarla. Cualquier cosa antes que dejar que se vuelva fea y lamentable. Tendrías que ver mis fotos cuando era chiquita. Era un ángel. Y cuando cumpla treinta y cinco me voy a casar y me voy a cansar de tener hijos, con un tipo que no se haga preguntas, para no estar siempre temiendo que pueda estorbar mis planes. Así que ahora, esta noche que tengo veintiséis, y estoy en la flor de mi arrebato, vengo acá, con vos.

Adriana estaba convencida de lo que decía, y tenía recursos, para convencer a su vez a cualquiera. Reclinada al otro lado de la mesa, mientras jugaba con el servilletero de cerámica, me miraba con malicia y a la vez tenía en el gesto una pureza inflexible. Sus cabellos se derramaban sobre su jersey rojo fuego y en sus mejillas muy blancas se marcaban continuamente dos rayitas que se abrían hacia los pómulos. Aceptó ir a cenar al Alma.
En la puerta, después de examinarnos de arriba abajo cuatro o cinco veces, y resistirse durante un par de minutos, un encargado me autorizó a entrar sólo a mí, con la arriesgada misión de lograr que le confirmasen que habíamos hecho una reserva. Me atendió un hombre extraordinariamente grandote y distraído, que consiguió dar con mi nombre en un cuadernito y le hizo señal al portero de que dejase pasar a Adriana. Ella se burló:

-Parece que sos un habitué.

El ambiente era efectivamente cálido, y la comida, aunque tardaban siglos en cocinarla, exquisita. Por lo demás nos colocaron en la peor zona del local, un sitio de paso por el que iban y venían los jactanciosos personajes que se sentaban en la parte más selecta. Adriana miraba regocijada, con la punta de la lengua, asomada entre los dientes, a las mujeres, que al pasar dejaban caer sobre nosotros su desprecio. Todas llevaban maquillajes explosivos y una mueca de náusea en el semblante. Adriana apenas iba maquillada y su amabilidad era tenaz. Nos atendió una moza muy joven, con aspecto de bailarina clásica. Como tal se movía y también llevaba moño. Sin embargo, ostentaba una torpeza manual extremada y una desmemoria notable, lo que la incapacitaba de forma casi definitiva para su oficio. Adriana, siempre atenta a las mujeres (no hizo ninguna apreciación sobre un hombre, en toda la noche), se permitió elucubrar:

- Qué le habrán pedido a esta chica que haga, para contratarla.

Durante la cena, al calor del vino, con el que me cuidé de mantener en todo momento llenas ambas copas, charlamos de todas esas banalidades que uno charla cuando se está conociendo a alguien, y no se tiene claro todavía, adonde va a terminar todo. Adriana quiso saber más:

- ¿Y cómo dirías que sos? – me preguntó de repente
-¿Qué versión querés que te cuente?
- No sé. Versión para las chicas sacadas de anuncios.
- Bueno, diría que soy algo anárquico y aparentemente irrazonable, pero manso y muy dulce en el fondo. Mis amigos, aseguran que antes no era así, siempre dicen que era un tipo extremadamente alegre y divertido.- ¿Y vos como te definirías?
-¿Yo? - se meneó en su asiento – soy una mujer en la segunda edad. Acaso no te diste cuenta de que solo quiero divertirme
- No se, la sensación es contradictoria, aunque me gustaría comprobarlo, y de ser verdad, bueno, me encantaría poder divertirte.
-¿Y qué estás esperando? - Me encogí de hombros.
-Ni idea. ¿Vos sabes qué esperar?
-Depende. Sí sé qué espero, cuando me cito con quienes responden a mi anuncio - dijo, y a continuación se mordió el labio inferior y alzó los ojos, como si hubiera cometido un desliz.

Después de la cena fuimos hasta el Limbo. Dejamos el auto bastante lejos del lugar y caminamos. Fue extraño caminar muy cerca de ella, en la gélida noche de Junio.
El Limbo era un local pequeño, decorado desigualmente, y donde servían un café más fuerte de lo común. Lo atendía un grupo de mozos desorganizados, aunque simpáticos. Entre la concurrencia había muchos con aspecto de estudiantes. La música era celta y sonaba muy suave.

- Me mata esta música. ¿Y a vos? - preguntó Adriana.
- Esta música y algunas películas me hacen sentirme vivo.
- Cual película, por ejemplo.
- Sueños de libertad.
- No falla. A todos los hombres les gustan las películas de cárceles.
- A mí lo que me interesa, es la historia de amistad, entre Tim Robbins y Morgan Freeman, un blanco y un negro, en una cárcel norteamericana.
- Así que vas más allá, – sonrió con placer - Eso es bastante infrecuente. Se quedó callada, estudiándome como si estuviera midiendo lo alto o lo hondo que podía ser lo que hubiera detrás de mi máscara.
-Ya estamos en un café - dije, para zafar - De acuerdo con tu plan ideal, nos falta la poesía. ¿Quién es tu poeta preferido?
-Baudelaire. Tan ingenuo, tan amoroso - y añadió, con un francés esmerado - :«Mais l’amour n’est qu’un matelas d’aiguilles, fait pour donner à boire a ces cruelles filles». También me enloquece García Lorca. Por eso salí con vos. - ¿Lo lees a menudo?
- No, para nada, apenas. Vos sabés que acá en Argentina, la poesía, no es para los hombres, es cosa de maricas. Eso pensaban de García Lorca, por ejemplo. El libro de donde saqué los versos lo escribió en Nueva York. Lo leí porque me interesaba saber que pensaba de ese lugar. Sabés, tengo el sueño de pasar alguna navidad en Nueva York. Aunque creo que es un sueño imposible.

- ¿Eso es trágico?
- No trágico pero, bastante triste.

Creo que fue en ese momento, porque no se me ocurre que pudiera ser en otro, cuando Adriana terminó de tomar su decisión. Al menos, fue entonces cuando intentó, sin titubear, el primer contacto físico, pasando la yema de uno de sus dedos delgados y suaves por el arco de mis cejas.
La llevé hasta su casa de La Florida. Cuando llegamos no pude ocultar mi sobresalto. Era una casa muy grande, con un enorme jardín al frente, típico de la zona, lo que revelaba que Adriana era rica. Bajé con ella y en la puerta me dispuse a admitir que allí acababa todo. Hermosa y con plata. Ni soñar…

- Si querés, podemos vernos otro día - le dije, porque era obligado y también porque lo deseaba mucho, aunque no tuviera esperanza.
-¿No vas a entrar?
-¿La primera noche? - razoné, por prudencia. Adriana, tiró su cabeza hacia atrás y rió.
- Puede que no haya otra noche. – me dijo sensualmente.

Entré con ella, y como obedeciendo un impulso, Adriana puso en marcha el reproductor de discos compactos. Mientras yo admiraba el living de su casa, unas diez veces mayor que el mío y súper decorado, en unos parlantes invisibles, sonaron unos aplausos y la voz de un hombre que decía: «Buenas noches a todos. Me gustaría saludar a mi madre.»

- Joaquín Sabina - me dijo - ¿te gusta?
- Si.
- Es un concierto que grabó el día de su cumpleaños. ¿No te parece adorable, acordarse de su madre? Casi todos olvidan que es una hazaña de la madre, lo que se conmemora con el cumpleaños.

La vista que había al otro lado de sus ventanas era de veras fabulosa. Al tiempo que la orquesta se desbandaba, desgarrando aquella melodía uniforme hasta llegar casi a la melancolía, Adriana comenzó a desvestirse, como debía de hacerlo - pensé - , para los otros hombres que respondían a su anuncio. La vi salir, blanca y engañosamente frágil, de debajo de su jersey rojo y de su falda oscura. Quizás no tuve que hacerlo, pero cuando me invitó, me olvidé de todo, y traté de ser sólo, lo que ella esperaba de mí. Llegado el amanecer, Adriana salió a despedirme. Abrazada a mí, pasando despacio la mano sobre mis cabellos, pronunció afectuosamente su advertencia: - Si alguna vez, quiero volverte a ver, te voy a llamar yo. Si venís por acá sin que yo te haya llamado, no te voy a atender. Si te quedas en la puerta, te largo los perros. Si alguna vez me seguís, voy a pagarle a alguien para que te haga daño.
No había sido en toda la noche, tan dulce, como cuando dijo las dos últimas palabras, hurt you. Antes de que la puerta se cerrara y nos separe para siempre, me envió un beso soplando sobre la palma de su mano abierta. Durante muchos días después, pensé, que aquel leve beso soplado, era todo el embrujo de amor, que la ciudad de pobres corazones, iba a darme al menos una vez en la vida.
Así se fue, aquel invierno, en el corazón helado de Rosario.

Javier R. Comollo

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Una Respuesta en “El Corazón helado de Rosario”

  1. Por Gentleman - May 1, 2008 | Responder

    Sr. Demente, ahora entiendo sus comentarios acerca de Rosario…

    buena historia

    Saludos

    Gentleman

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